lunes, 5 de diciembre de 2011

Páginas en blanco, una pluma medio vacía y la pereza emocional: ¡Voila!


Si no te interesa mi teoría, no sigas leyendo.
Bueno, allá va. Creo que te da miedo ser feliz, ****. Creo que crees que lo más natural es que tu vida sea triste, gris y sosa, y odiar tu trabajo, odiar donde vives, no tener éxito, o dinero, o novio. (¡Lagarto, lagarto! Una pequeña discursión: todo ese rollo de menospreciarte por poco atractiva ya empieza a aburrir, te lo aseguro.) Yendo aún más lejos, te diré que me parece que en el fondo disfrutas de estar decepcionada y no desarrollar tu potencial, porque es más fácil, ¿no? El fracaso y la infelicidad son más fáciles porque puedes hacer bromas ¿Te molesta leerlo? Seguramente sí. Pues no he hecho más que empezar.[1]

Sí, ya empieza a ser aburrido el mismo discurso. Nadie quiere escucharte, ¿ con uno mismo no debe ser suficiente? Claro está que la notación **** se refiere a muchas y muchos. Cicatrices y miedos acumulados nos confunden y llegamos a creer que el deseo se asemeja mucho al amor. ¿Estamos preparados para el momento? Ya sabes, me refiero a dar lo mejor de ti y no los restos del que algún día fuiste. ¡Qué razón tiene el mensaje del autor de este fragmento! La vida a veces se disfruta más con un manjar de lamentos que nos conducen al mismo destino: aquí, justo aquí.
            Añorar la sensación de volar con un beso o de realmente creer que todo mejora con un simple “te quiero” es un síntoma de las nuevas costumbres. Ya no sabe igual y pensamos que la magia regresará al repetir desmesuradamente el mismo camino. El resultado es el mismo, la intención de enamorarse de la vida no. Juguemos a las aventuras emocionales, construyamos algo para lo que somos muy buenos: un mercado de personas. La oferta coloca como los bienes más preciados a aquellas personas que cumplan con los requisitos de belleza contemporánea. El demandante podrá adquirirlos si cumple con el suficiente ingreso (de algo  que ya no sé si es sólo dinero) y si logra ser un excelente as en la persuasión.
Y ya que somos tan buenos en comprar y desechar personas, he de deducir que somos en demasía negligentes. Todos están constituidos a nuestro modo y nadie saldrá lastimado. Pues, las reglas del juego ya son conocidas y ejercidas por todos, ¿no?
 Un lugar desafortunado para los soñadores.  Se levanta, se mira, y, ¿después? A continuar con una vida en busca del éxito. La felicidad, la plenitud espiritual, puede quedar agendada para otro día. La frente ya no está en alto, está a medias. El pensamiento corre, las ideas son apresuradas: continuar, continuar. Gris, monótono, lamentable. Seguimos caminando y cuando  aparece un ser lleno de luz ya no es invisible. ¡Hay que continuar, ganar éxito!
            ¿Nos habremos equivocado? Aceptamos la ruta, nos conformarnos con nuestro lugar en la curva de oferta. ¡No! No debió de haberse construido así. No hay un destino escrito, no es cierto que la felicidad esté en venta. Estar listos para la foto en todo momento significa sonreír, convertir a la cara en el mejor representante de lo que pasa dentro del corazón. Sin miedos, sin necesitar esa máscara que en lugar de ser incluyente, nos excluye de nuestra naturaleza. Ya he planteado muchas preguntas, la conclusión es asunto de cada quien.
¡Hasta la victoria, siempre!


[1] David Nicholls, Siempre el mismo día (México: Océano, 2010), p. 56.