“No dejes que te afecte”. “Son cosas sin importancia”. Y un montón de palabras fáciles de pronunciar, difíciles de practicar. ¿Qué sentido tiene una victoria si apenas y se recuerda la lucha? Un beso no sabe tan bien sin el latir acelerado del corazón. Pobre corazón, apenas y recuerda qué se sentía tener la piel a mil por hora.
¿Dónde quedaron esos sentidos que hacían todo tan sencillo? Nuestro peor enemigo: la amnesia voluntaria. ¿Por qué? No lo sé, tal vez ya lo olvidé. Eso sí, puedo recordar aquella sonrisa que podía durar una semana, un año. Caminar por este camino ya no es tan divertido. Levantar la mano, levantar la voz… ¿Para qué?
Puede que lo sea, y puede que no. ¿A quién le importa tanto mis etiquetas? Distinguirnos entre tribus nos ha alejado muchísimo: mantener una conversación es el mejor ejercicio de soberbia. Ayer sólo era charlar sobre cosas humanas. Hoy sólo platicamos de tecnicismos, nos alejamos velozmente.
La soledad habita en un cuarto repleto de personas que tienen horarios tan definidos. Cuando la incertidumbre llega el ansia come las mentes de estos sujetos. Cuando el enojo se avecina, la estabilidad es cosa de nada. Pero, eso sí, si llega el amor pareciera que la estupidez (por dejar la cotidianidad) es un factor común.
Llámame estúpido, pues. No por enamorarme, sino por dejar de hacerlo. Vivir monótonamente, pensando que amarrar es asegurar un te quiero, es la mejor y más clara expresión de necesidad. Te necesito, los necesito. ¿Por qué? El espejo ya no es suficiente, la sonrisa es débil y el cuerpo mismo ya es inseguro.
No, no es que sea difícil volver a encontrar alguien como tú. Es imposible. Tu perfección se requiere aquí, pero, lo que más se extraña (y pide a gritos) es tu felicidad. Ni 100 lecturas pueden regresarme aquellos momentos. No los quiero. La búsqueda consiste en encontrar sentidos, objetivos. Hacer las cosas mundanas con gusto. ¿Por qué? Porque ahí habré regresado, habrás regresado. Te amo.